Reconoce qué es lo que hace feliz a la otra persona

El otro día me llegó un artículo titulado Men fall, asleep, women cuddle and other post-sex behaviors that affect relationships. En éste explicaban la gran novedad de que hombres y mujeres somos distintos incluso después de tener relaciones sexuales. Los hombres tienden a dormirse, fumar, ver el celular, mientras las mujeres esperan apapacho o una conversación profunda… Total que mencionaban la importancia de que ambos deben pensar en el otro y en sus necesidades/gustos, para que ambos estén más satisfechos y felices.

Intentaré compartirles una reflexión que hicimos en la clase de Sexualidad Humana tras un ejemplo que una señora dio. Espero lograr transmitir la idea con claridad, ya que durante la clase es más fácil analizar los comentarios por el tiempo que se puede destinar. Cabe mencionar que este grupo de alumnos es espectacular, gente realmente comprometida con la familia y con defender la vida… No es un grupo “normal”… Con decirles que hay como 6 matrimonios tomando el Máster, dándonos testimonio de que el matrimonio para siempre no es una utopía, ni el seguir más enamorados que de novios tras 15, 20, 30 años de casados.

Ahora bien, es necesario destacar que había salido a relucir lo que dice Tomás Melendo: “tu pareja debe ser tu proyecto, por tanto debes ser ‘amable’ para facilitarte que te pueda amar y ser feliz. Cuando es así, no se trata de ceder, sino que buscas hacer lo que hace feliz al otro”… Suena bonito, pero ¿realmente es posible y cómo traduces eso cuando en realidad tú eres el responsable de tu felicidad?… Es cierto que de por sí no son fáciles las relaciones en general, pero menos las de pareja, que aunque en la actualidad se establecen “por amor”, paradójicamente las personas están menos “capacitadas” para afrontar el reto y las obligaciones que conlleva compartir la vida con alguien. Entre otras razones, porque culturalmente vivimos en una sociedad que promueve el:

* Individualismo: el yoísmo  es  lo de hoy, yo me mi conmigo; yo primero, yo después y yo siempre.

* Materialismo: se otorga valor y reconocimiento por el tener y no por el ser. Se aman las cosas, las plantas y animales, mientras que se usan  las personas, siendo éstas descartables e intercambiables.

* Hedonismo: el placer se ha convertido en el fin primordial por encima de la dignidad humana y del bien común. Las relaciones interpersonales se mantienen por conveniencia y según el placer que éstas brindan. Se quiere gozar de derechos sin responsabilizarse de las obligaciones.

Por eso, en esta cultura resulta muy complejo establecer una relación de pareja sana, donde ambos realmente busquen el bien mutuo y ser “amables” el uno para el otro, ya que ni siquiera saben mirarse ni lo que significa verdaderamente amar. En cambio, por ejemplo, va en aumento la tendencia a ver y tocar el celular constantemente, en lugar de mirar, abrazar y buscar momentos para estar con quien se supone que amamos.

El caso es que una de las señoras de la clase nos compartió que el otro día fue a una fiesta con su hijo y típico, ahí estaba sin animarse a bailar con su amiga que moría de ganas… Total que la mamá quién sabe cómo se las arregla para decirle que aproveche de divertirse y pasarla bien, y que además, se acuerde que él debe ser un bien para los demás, que haga felices a sus amigas.

La verdad aprovechamos el comentario en dos sentidos:

* Primero para reírnos y ser concientes del cuidado que debemos de tener con lo que decimos y las frases que usamos… Porque depende cómo, el “has felices a tus amigas”, puede entenderse en varios sentidos. En uno amplio, el chico podría aplicar la frase para justificar el acostarse con una y otra para “hacer a todas felices porque es “un bien” para todas”…

* Segundo, y ya en serio, porque es cierto que en situaciones diarias, tan simples como esa, se puede ir formando a nuestros hijos en la empatía y en el ser don. En este caso, “hacer feliz a la amiga que quiere bailar”, implica estar pendiente de lo que ilusiona/necesita/quiere la otra persona, salir de uno, de la zona de comfort para pasar un buen rato juntos. Eso sí, no hay que malinterpretar y creer que uno debe anularse ni que siempre tienes que hacer lo que al otro se le antoje.

¿Cuántas parejas se quedan en el yoyoyo de: es que yo no bailo, yo no esto, yo no lo otro, a mí eso no me gusta y no voy?… Y el otro igual… Total que no se divierten juntos ni comparten uno con el otro sus gustos ni intereses. Claro que no se trata de ser una lapa asfixiante y a veces se pueden hacer algunas actividades cada uno por su cuenta, pero cuando eso se convierte en la norma, los caminos se separan y, después, ya no se reconocen ni se quieren re-conocer…

En realidad los paseos, salidas y demás actividades de ocio pueden resultar muy divertidas según la actitud con la que se vaya, independientemente si se comparte o no el gusto por esa actividad en específico. ¡Vaya! Tal vez nunca serás bailarín profesional y mantendrás tus dos pies izquierdos, pero eso no quiere decir que puedas estar ahí echando relajo en la pista, pasándotela bien con ella que le encanta bailar o que ella pueda acompañarte a ver películas de superhéroes o ir a conciertos de tu música favorita…

En realidad, cuando hay amor verdadero, de ida y vuelta, las actividades realizadas son un “pretexto” para estar juntos, para conocer más al otro, para enamorarse más, para ser cómplices, para avivar la llama y para ser felices. Lo que hacemos en una u otra actividad solo cobra sentido y adquiere valor tanto cuanto nos sirve para encontrarnos con el otro.

 En consecuencia, si se cultiva esta actitud  apasionada por la vida y por tu pareja la pasión se reflejará también en el ejercicio de la sexualidad, les saldrá de natural pensar en el otro y buscar que esté bien y a gusto, antes, durante y después de la relación sexual. Lo anterior, no porque quieran “ceder” y ser “buenitos” el uno con el otro, sino porque se han encontrado, en  la vulnerabilidad de la desnudez física y existencial y surge el deseo de protegerse, conocerse más, ser más y de ayudar a que el otro sea más…. Así pues, ellos sabrán encontrar el justo medio entre querer dormir o querer hablar, porque se han descubierto uno al otro en un encuentro de amor que los funde en uno solo, haciendo que la felicidad del otro también sea la propia. En consecuencia, se mantendrán en estado alerta para poder donarse plenamente e incondicionalmente, demostrando su amor con actos concretos que realmente hagan al otro sentirse amado, único e irrepetible.

En fin, este ejemplo unido al artículo se me hizo  simple pero concreto, de cómo en el día a día podemos ir formando en el arte de amar a nuestros hijos, en mirar al otro y servir al otro sin servilismo… Para que nuestros hijos sean capaces de amar necesitamos ayudarlos a salir de sí mismos, a pensar en los otros, a donarse y a verse, hombres y mujeres, no como rivales sino como seres complementarios que en la diferencia se enriquecen y pueden ser mucho más.
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Luz Ma Dollero

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