Sobre los ocho espíritus malvados / De la avaricia (IV)

En la columna anterior escribí sobre la pleonexia, ese feo vicio que manifiesta una auténtica enfermedad del alma que no puede saciar el apetito por las cosas materiales. Describí cómo el desenfreno de este hábito malo concluye en la avaricia o en el consumismo, y converge finalmente en la tristeza, la emoción humana que más daño hace al hombre.

Ahora me interesa comentar otro aforismo de Evagrio Póntico en relación con la avaricia.

“Quien desea hacer retroceder a las pasiones, que extirpe la raíz; si efectivamente podas para el bien las ramas pero la avaricia permanece, no te servirá de nada, porque éstas, a pesar de que se hayan reducido, rápidamente florecen”.

Cuando la avaricia –amor desordenado a las riquezas materiales– no se extirpa de raíz, cuando no se desarraiga de lo más profundo del corazón humano su presencia alimenta y fortalece el renacimiento de los demás espíritus malignos que ya han sido podados del árbol.

Si deseamos cultivar la virtud en las diversas ocupaciones diarias y perfeccionar el desarrollo de la propia “inteligencia emocional” –dominar las emociones y colocarlas en su justo medio–, el sendero a seguir transita necesariamente por el destierro de la avaricia del horizonte vital de la existencia.

Un amigo, gran escritor y miembro de la Academia Mexicana de Historia me comentó en una ocasión: “Los médicos dicen que el corazón está hecho de un músculo, pero yo creo que no es así; a mí me parece que está hecho de resistol, porque se le pegan todas las cosas materiales que encuentra a su paso”. En otras palabras, lo que me quería dar a entender era que los bienes materiales atraen con tanta fuerza que debemos cuidarnos de no poner el fin de nuestra vida y la felicidad en ellos como fines. Son solo medios para conseguir otras finalidades. No se trata de repeler los bienes materiales, sino de no apegarse a ellos.

¿Por qué no sirve la poda si la avaricia, en efecto, subsiste en el corazón humano? Creo que precisamente por eso, porque se perpetúa el apego a los bienes mas inferiores del ser humano y se eterniza el egoísmo que dificulta el ascenso a los bienes superiores. Se agrieta, por decirlo así, el proyecto de vida que solo alcanza pleno sentido cuando se orienta hacia la adquisición de lo que realmente perfecciona al ser humano en su integridad: el bien real y no el bien aparente.

Para concluir el tema de que tratamos transcribo el siguiente y último aforismo en relación con la avaricia:

“Quien en cambio mucho posee se somete a las preocupaciones y, como el perro, está amarrado a la cadena”. La cadena de riquezas acumuladas se ancla firmemente en el terreno de la preocupación, del nerviosismo y de la intranquilidad. ¿Vale la pena vivir así?, ¿vale la pena vivir encadenado?
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Rubén Elizondo Sánchez

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