Los motivos y la ética de la marihuana (y III)

En los últimos años el debate sobre la marihuana logró exponer a detalle los argumentos a favor y en contra de la legalización. El sector que consume considera el bienestar médico y lúdico. La esfera intelectual relaciona la disminución de la violencia con el acto jurídico de su legalización y descansa en el principio de libertad: que cada quién tome las decisiones a su propio riesgo.

El círculo médico no duda en avalar que, en cualquier caso, aumenta el deterioro fisiológico y neurológico humano si se extiende el consumo. Se estima la posibilidad de incrementar el conocimiento epidemiológico y científico para mejorar la prevención de adicciones y la investigación de usos médicos. Pero esto último es una solución a posteriori, es decir, los efectos nocivos del enervante serían prueba suficiente para aceptar el daño ya causado e irreparable.

Sería interesante realizar el ejercicio de análisis apropiado para acreditar positivamente el factor económico de la comercialización, producción y cultivo, sin dejar de lado la generosa aportación económica al SAT mediante el impuesto al valor agregado.

¿Bastan los enfoques anteriores para decidir sobre un tema que quizá produzca repercusiones fuera de control?, ¿cómo se debería entender el problema de su legalización?

El consumo del enervante es un acto humano que se ejerce con pleno uso de conocimiento y consentimiento. Por lo mismo, puede ser calificado como bueno o malo si perfecciona o quebranta la naturaleza humana en orden a la felicidad en esta vida. La Ética natural es una parte de la filosofía que estudia la bondad o maldad de los actos humanos en orden a la felicidad.

La propuesta de la ética natural advierte sobre un tipo de actos humanos cuyo efecto bueno está unido necesariamente a un efecto malo, inseparable del efecto bueno. Si estuviéramos obligados a evitar todo acto humano que conduzca a una consecuencia mala, la vida diaria no tardaría en hacerse imposible de vivir. Técnicamente se nombra como acto humano voluntario de doble efecto.

Bastan dos ejemplos: si consigo un trabajo cuando los trabajos son raros y/o escasos, privaré a alguien de su sustento; si el médico atiende a los enfermos durante una epidemia, se expondrá él mismo a contraer la enfermedad.

En mi opinión, este es el caso de la legalización de la marihuana. Es un acto humano voluntario de doble efecto por parte del legislador, que causará efectos buenos y efectos malos necesariamente unidos a los buenos. No dudo en absoluto que los sectores implicados en el debate deseen resolver de forma correcta desde el principio, es decir, a priori: antes de que los efectos de la legalización se conviertan en un problema irreversible.

Aplicado al caso, el principio del acto humano de doble efecto señala que es moralmente –naturalmente– permisible realizar un acto que produce un efecto malo, en las siguientes condiciones:

1. Que la acción sea buena en sí misma o al menos indiferente

Esto es así, porque no se puede realizar un mal para conseguir un bien. Es el caso de Robin Hood. Roba a los ricos para dar a los pobres. De esa forma, sería laudable y honroso robar la propiedad privada para ayudar económicamente. En ese sentido, sería correcto disfrutar de cierta felicidad legalizada a costa del daño fisiológico.

2. Que se produzca primero el efecto bueno y después el efecto malo

El mal sería escogido por sí mismo, para lograr el placer. El daño debe ser un producto incidental y no un factor de peso en la consecución del bien. Un buen fin no justifica el empleo de medios malos. El placer no justifica el daño fisiológico. No se trata de una cuestión de tiempo, sino de causalidad: el bien no debe venir a través o por medio del mal.

3. Que se intente primero el efecto bueno y se tolere el efecto malo

El efecto dañino podrá ser, por su esencia misma, un producto adjunto del
acto realizado, pero si el legislador quiere este efecto malo, lo hace directamente voluntario por el hecho de quererlo. La mala intención no debe presumirse sin pruebas.

4. Y por último, debe de haber una razón proporcionalmente grave para permitir el efecto malo

Aunque no estemos obligados siempre a prevenir el mal, sí estamos obligados a prevenir un mal grave con una pequeña renuncia de nuestro propio bien. Se requiere cierta proporción entre el bien y el daño fisiológico. Apreciar esta proporción es difícil en la práctica, pero no imposible. No hay proporción entre la decisión de desencadenar efectos dañinos a la propia salud en cientos o miles de consumidores, para disminuir la violencia del narcotráfico, medición necesariamente a posteriori. Ni tampoco en relación con la curación de la adicción utilizando dinero del erario público que debiera ser destinado a otros fines.
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Rubén Elizondo Sánchez

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