La soledad y las amistades

Por motivos de trabajo, con frecuencia un joven soltero debe irse a vivir a un departamento lejos de su casa, entonces, cuando uno se encuentra solo crece la importancia de los amigos. Hay amigos que son buena compañía, ayudan, son virtuosos e impulsan al bien, a adquirir cultura, a estar alegres. Pero también hay amigos que más que amigos son “cómplices” porque inducen a diversiones poco sanas, a la droga, el alcohol y la pornografía.

Los buenos amigos, curan; los malos amigos, enferman, por eso es vital seleccionarlos. Las amistades pueden ser una escuela de virtud, pero también una escuela de vicio, como se ve en las llamadas “malas compañías” que llevan a alejarnos de la felicidad, de la verdad y del bien. A veces a alguien que creemos nos ama bien, en realidad nos aleja del fin para el que estamos hechos. Hay amigos que conducen a Dios, que te invitan a ser mejor; hay otros que conducen al infierno porque invitan a la homosexualidad o a la prostitución.

Una de las cosas que dan más alegría es tener amigos. Los amigos contribuyen al fortalecimiento de la identidad y protección de nuestra salud y futuro. Constituyen un oasis en medio del mundo real, lleno de tempestades y obstáculos. Los amigos nos ayudan a llenar los vacíos emocionales y nos ayudan a recordar quienes somos realmente.

Tener amigos nos ayuda no solo a vivir más, sino también a vivir mejor. Un estudio sobre la salud indica que cuantos más amigos tengamos, mayores son las probabilidades de llegar a viejos sin problemas físicos y con salud plena.

La amistad ayuda a superar los momentos críticos, como la muerte de un pariente cercano o la separación física de la familia, y se percibió que quien puede confiar en un ser muy amado, o en sus amigos, reacciona y se recupera en un lapso menor que aquéllos que no tienen nadie en quien confiar. La amistad constituye una excelente fuente de alegría, fuerza, salud y bienestar.

En la misma naturaleza humana está inscrita la necesidad de crear y mantener lazos de solidaridad con los demás. Ahora bien, hemos de entender la amistad en el sentido más pleno, no solamente para dar cariño sino para comunicar la Verdad. La amistad se puede transformar en vehículo para transmitir el tesoro divino que llevamos dentro.

Cuando tenemos una conversación profunda con algún amigo o amiga, vemos que no hay deleite mayor. El “yo profundo” tiene una indecible fascinación, y es en el encuentro amistoso donde no se teme liberar el secreto sentido de su ser. San Agustín hace un elogio de la amistad. Escribe: “Dos cosas son necesarias en este mundo: la vida y la amistad. Dios ha creado al hombre para que exista y viva: en eso consiste la vida. Más para que el hombre no esté solo, la amistad es también una exigencia de la vida (San Agustín, Sermón 16,1, PL 46, 870). Y además, si no tenemos amigos, ninguna cosa de este mundo nos parecerá amable.

Luego, necesitamos la amistad con Dios. Planear el día, un horario, así se rinde más y se aprovecha muy bien el tiempo. Se pueden incluir 5 minutos de lectura de la Biblia y otros 5 de oración. Planear supone reflexionar, valorar el tiempo. Hoy la gente no piensa, no medita, no reflexiona, ese es el mal actual.

Si dejamos de ir a Misa los domingos, la fe y la caridad empiezan a disminuir, ¡y necesitamos fe para vencer en las batallas de cada día y en la batalla final! A veces no vamos a Misa porque no sabemos lo grandiosa que es. Hay que leer el Catecismo de la Iglesia Católica para ilustrarnos sobre los tesoros de la fe, sino, corremos el peligro de distraernos de lo principal.

Lo que a veces se necesita es una buena confesión, para empezar con más fuerza una nueva vida. El Viernes Santo pasado –es decir en 2013–, el Papa Francisco fue a confesar. De pronto sintió que una voz interior le decía:

-“Y tú qué”.

La oyó tres veces y decidió confesarse en viernes, aunque él se confiesa los sábados. Cerca había un señor francés que se asombró cuando vio que el Papa entraba al confesonario. Nunca había visto a un sacerdote confesarse, ¡y menos al Papa! Así que lo pensó un poco y él decidió allí mismo hacer su confesión, después de muchos años de no hacerlo.

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