La Iglesia es santa

— P. Santiago Martín
(Franciscanos de María)

El domingo, el Papa canonizó diez nuevos santos. Esto, que debería ser una gran noticia para todos los católicos, apenas ha tenido repercusión y la mayoría ni se ha enterado.

Si hubiera ocurrido que un sacerdote es condenado por abusos, sí habría recibido amplia difusión por la mayoría de los medios de comunicación.

Con razón se dice que hace más ruido un árbol que cae que mil que crecen silenciosamente en el bosque.

Entre los nuevos santos hay cuatro mujeres y seis hombres. Las cuatro mujeres son fundadoras de congregaciones religiosas y merece la pena destacar a la Madre María Francisca de Jesús, que, aunque nació en Italia, murió en Uruguay, y es por ello la primera santa de ese país.

Entre los hombres hay dos mártires (el carmelita Tito Brandma, víctima de los nazis, y el indio Lázaro, víctima de los hindúes radicales).

Pero, sobre todo, está la gran figura de Charles de Foucauld, un verdadero maestro de espiritualidad, una figura controvertida por sus orígenes libertinos, que poco a poco se fue acercando a Dios hasta consumirse en Él, como una llama que se agota entregándose para dar luz. Murió asesinado por un musulmán en su ermita de Tamanraset, en Argelia, pero no es mártir porque dicen que la causa fue el robo y no el odio a la fe. De él es una oración que ha iluminado la vida de muchos, llevándonos hacia la confianza absoluta en el Señor:

  • “Padre mío, me abandono en ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí, te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque tú eres mi Padre”.

Charles de Foucauld, Tito Brandsma, la Madre María Francisca, y así, no sólo estos diez que acaban de ser canonizados, sino miles y miles que a lo largo de la historia han sido reconocidos oficialmente como santos.

Y junto a ellos, en un número mucho mayor que, como los granos de arena de las playas, nadie puede contar, todos esos santos anónimos que han sido padres y madres de familia, religiosas, sacerdotes, misioneros, confesores de la fe con su vida ejemplar o mártires que han derramado su sangre por el Señor.

Santos campesinos o militares, amas de casa o investigadores, políticos o empleados en una oficina, laicos o sacerdotes, obispos y Papas o niños.

Todos ellos, presididos por Cristo y por María, la reina de los santos, forman un ejército vivo que habita en la patria definitiva donde nos están esperando. Por eso decimos que la Iglesia es santa y lo decimos cargados de argumentos, pues cada uno de esos santos es una prueba de que tenemos razón.

Es verdad que en la Iglesia también hay pecadores. De hecho, menos la Santísima Virgen y Nuestro Señor, todos lo somos. Pero esos pecadores que somos nosotros estamos luchando cada día para ser mejores, para ser santos como los que nos han precedido, para poder entrar un día, por la misericordia divina, en la ciudad de Dios, nuestra patria.

Por eso, no debemos hacer el juego a nuestros enemigos, dejándonos guiar hacia donde ellos quieren que vayamos. Nuestra mirada no debe fijarse sólo en lo malo, y ni siquiera principalmente en lo malo.

Veámoslo todo, lo malo también para corregirlo, pero especialmente lo bueno. Caminamos junto a santos, que un día estarán en el cielo aunque no sean oficialmente canonizados; nosotros mismos queremos serlo; su sangre corre por nuestras venas y su alma ilumina la nuestra como una luz que brilla en la oscuridad. Es hora de dejar atrás los complejos de inferioridad.

Siempre habrá que pedir perdón, por los pecados personales y por los pecados de los que nos han precedido, pero eso no puede convertirse en una actitud morbosa, enfermiza e injusta. Debemos estar orgullosos de nuestra historia, de nuestro pasado y de nuestro presente, porque eso es hacer justicia y porque eso es lo que nos hará salir de la trampa donde nuestros enemigos han logrado encerrarnos, con nuestro consentimiento.

Mientras nos abandonamos en Dios, como nos enseñaba San Carlos de Foucauld, esforcémonos por ser nosotros santos y por limpiar el rosto de una Iglesia que es santa a pesar de estar llena de pecadores.
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P. Santiago Martín

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