La celebración de la Navidad tiene un sentido trascendente

Durante las semanas previas a la Navidad observamos que se despliegan intensas campañas de publicidad con la finalidad de que los comercios vendan más mercancías, pero no se habla del sentido profundo de la Navidad.

La Navidad tampoco tiene nada que ver con el famoso Santa Claus, pues esa figura fue diseñada por un conocido refresco de “Cola” en 1931. En todo caso, el que sí existió es San Nicolás de Bari (personaje en el que se basaron para diseñar al Santa Claus). San Nicolás vivió en el siglo IV después de Cristo, su actividad pastoral la desarrolló en la región de la actual Turquía, se caracterizó por ser muy generoso con los necesitados y por ese motivo bastante gente es devota de él. Así que el Santa Claus sólo es un diseño mercadotécnico para aumentar las ventas en Navidad.

Por otra parte, ante el relativismo que prevalece en la sociedad actual y que ha hecho caer en el absurdo de querer eliminar la palabra “Navidad”, me pareció conveniente escribir sobre la Navidad, tiempo en el que se celebra el Nacimiento del Niño Dios.

¿Qué celebramos en la Navidad?

En la Navidad celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios en Belén, que vino a este mundo con la misión de redimir al género humano y abrirnos nuevamente las puertas del Cielo, que habían sido cerradas por el pecado original de Adán y Eva.

Me parece que todos recordamos entrañablemente esta fecha porque solíamos con gusto colocar “El Nacimiento” en nuestros hogares. Era típico ir al mercado a comprar, acompañado de los papás, algunas piezas que faltaban, como los Reyes Magos, los pastorcillos, material para construir el establo, etc.

Luego, con gran ilusión colocábamos “El Nacimiento” y las luces que adornan el árbol de Navidad, actividad en la que intervenía toda la familia. Después se hacían las tradicionales “Posadas” y se cantaban villancicos al Niño Dios. También se rompía la esperada piñata ante la algarabía de los chiquillos. ¡Son recuerdos imborrables de la infancia!

En algunos lugares se leía el Evangelio de San Lucas, que es el evangelista que con más detalle relata el Nacimiento de Jesús. Nos impresionaba que hubiera nacido en un establo porque no había lugar para el “Rey de Reyes” y dueño de todo lo creado. Y así, el Niño Dios pasó intenso frío y fue envuelto en pañales dentro de un modesto pesebre.

Los primeros que fueron informados de este hecho portentoso fueron unos pastores que cuidaban de sus ovejas durmiendo a la intemperie. Siempre me llamó la atención que Jesús se fijó en los más pobres y humildes para comunicarles, a través de sus Ángeles, la “Buena Nueva”.

Y, en efecto, tras ir a toda prisa, encontraron al Niño envuelto en pañales -tal y como les había relatado el Ángel- acompañado de su Madre, la Virgen María, y San José.

Jesús pudo haber nacido en el taller de San José, artesano, con mayores cuidados y sin los rigores del clima. Pero Dios Padre adelantó los tiempos y quiso que su Hijo naciera en la absoluta pobreza, Y de esta manera, desde el pesebre, Jesús nos dio cátedra de su gran humildad, de su amor al desprendimiento, de obediencia a la Voluntad del Padre, para que sepamos valorar la pobreza, las contrariedades y el sufrimiento que más tarde vendría con su flagelación y muerte en la Cruz.

Luego llegaron unos Reyes de Oriente, que adoraron al Niño Dios y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Las Sagradas Escrituras señalan: “Hoy brillará la Luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Salvador”.

Ésta es justamente la causa profunda de nuestra alegría: Nos ha nacido un Salvador, que quiso abajarse hasta tomar la condición de hombre y ser igual a nosotros, menos en el pecado, para redimirnos.

Hoy, Jesús también nos pide posada en nuestro corazón para que le amemos más. Hemos de pedirle perdón por nuestra ingratitud y también solicitarle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestro corazón.

Ante la decisión del rey Herodes de querer asesinar al Niños Dios, San José se llevó a la Virgen María y al Niño a Egipto, donde estableció su nuevo taller de carpintería. No hubo ni una sola expresión de queja de parte de Nuestra Señora ni de San José, sino que se identificaron plenamente con la Voluntad de Dios. Es otra lección que nos puede servir en nuestra vida.

Esa vida sencilla de la Sagrada Familia, de Jesús, María y José, en apariencia discreta, pero llena de visión sobrenatural, es lo que espera Dios Padre que hagamos día con día en nuestro trabajo y actividades ordinarias. Porque Dios Padre no nos pide cosas extraordinarias, sino el cumplimiento fiel del deber en cada instante, ya sea en nuestro trabajo, como padres de familia o ciudadanos de una sociedad a la que queremos mejorar y dejar huella, etc.

Conviene que en esta Navidad nos acerquemos a contemplar “El Nacimiento para meditar y agradecer la generosidad de Dios que quiso abajarse hasta nosotros para hacerse entender y querer.

No deja de ser un misterio que el Creador de todo el Universo -con su infinita grandeza, poder y majestad- haya querido hacerse asequible a todos nosotros adquiriendo la condición humana.

A todos mis lectores les deseo que pasen una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo.
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