Dos masacres una noticia

Una advertencia. El texto es desalentador precisamente por su temática. Habla de las masacres; de la crueldad a la que es capaz de llegar el corazón humano, de ese misterioso abismo de maldad, al que da miedo y vértigo asomarse, para descubrir hasta qué punto somos capaces de hacer el mal.

En esta ocasión hay dos masacres y una noticia, con pocos días de diferencia, con una gran desigualdad en cuanto a la forma de ser cubiertas por los medios. Desigualdad que es sintomática de varias carencias en nuestra sociedad.

Primero tenemos la triste masacre de Uvalde, Texas, el 24 de mayo con un saldo de 21 muertos, entre niños, profesores y el propio asesino. Gran conmoción y una exhaustiva cobertura mediática.

Después tenemos la masacre en Owo, Nigeria, el 5 de junio, con cincuenta muertos, centenares de heridos y el sacerdote secuestrado. Curiosamente la cobertura mediática es mínima, tratándose, por lo menos numéricamente hablando, de una tragedia mayor, no perpetrada por un loco, sino por una célula criminal, lo cual es más peligroso, pues pueden seguir actuando.

Lo primero que viene a la mente es: ¡en qué horrible mundo vivimos! Y, más allá de la consabida queja, las preguntas pertinentes, ¿qué puedo hacer yo para mejorarlo?, ¿qué deben hacer las autoridades para evitar que estos episodios se repitan?

Subrayo lo de repetirse, pues tanto lo de Uvalde como lo de Owo no son “extraordinarios”; por el contrario, tristemente nos vamos acostumbrando a noticias así. Constituyen un patrón que, con repetida cadencia, sucede una y otra vez.

La diferente cobertura de los atentados evidencia unas realidades crudas y crueles a la vez: No es lo mismo morir en Estados Unidos que en África. Como diría el refrán: “todos somos iguales, pero hay algunos más iguales que otros”. No da lo mismo ser asesinado en el Primer Mundo que en el Tercer Mundo, o que en el Quinto Mundo. La vida va valiendo progresivamente menos, cada vez es menos noticia, cada vez se le hace menos eco.

Obviamente el atentado de Ovalde tiene “a su favor” para ganar el ranking de popularidad, el que la mayoría de los difuntos fueron niños indefensos. Pero en Owo, Nigeria, también murieron niños, mujeres, ancianos, y permanece secuestrado un sacerdote. Es decir, la historia no ha terminado. Pero, nuevamente, son africanos y no americanos. Duele reconocerlo, ya se sabía, pero aquí tenemos un ejemplo patente, que no permite distraernos para mirar en otra dirección.

Luego está el lugar: uno fue en la escuela, el otro en la iglesia. Dos lugares de servicio a la comunidad. Pero la escuela le interesa a todo mundo –todos mandan a sus hijos a la escuela–, la iglesia en cambio es más particular, no todos van a ella.

Y no es complejo de inferioridad, pero, ¿qué pasaría si la masacre fuera realizada en una mezquita o en una sinagoga? Gracias a Dios no tenemos, por lo pronto, elementos para comparar, pero no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que serían una noticia mucho más seriamente cubierta que una masacre en la iglesia católica.

Parece ser que a nadie le importa, o sólo a las agencias de noticias católicas, el hecho de la masacre nigeriana, al fin y al cabo, son negros y son católicos.

En este sencillo ejemplo tenemos un claro caso de selectiva discriminación por parte de los medios de comunicación.

¿Qué remanente sacamos de todo esto? Pues, por un lado, para los creyentes, tenemos un nuevo grupo sustancioso de mártires, de personas que han muerto por odio a la fe, mientras asistían a una ceremonia en honor al Espíritu Santo. Nos recuerdan el valor tan grande que tiene la fe para nosotros, incluso más que la propia vida, el bien natural más grande que podemos tener.

Dan testimonio de la primacía de lo sobrenatural sobre lo natural, y son un ejemplo de cómo la Iglesia, por ser de origen divino, será perseguida siempre, aunque los medios no se hagan eco de ello.

Por otro lado, quedan dos preguntas en el aire:

  • ¿Qué tan lógica sigue siendo la libre venta de armas en Estados Unidos?
  • ¿Qué relación tenía el atacante con su familia, particularmente con su padre?

Estos casos de locura ¿no evidencian una honda herida familiar en el seno de Estados Unidos? No es sólo el acceso a las armas, es también la inestabilidad psíquica causada por la inestabilidad familiar.

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P. Mario Arroyo
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