De los ocho espíritus malvados / La pereza (II)

La pereza no consiste solamente en no hacer nada; igualmente es perezoso quien trabaja mucho sin acabar bien lo que debe realizar cada día, aunque emprenda muchas labores durante la jornada. Me parece sugerente considerar que la acción de este espíritu maligno se encuentra en la persona que no cumple lo que debe emprender cada día, aunque demuestre actividad febril en su trabajo.

Si te encuentras atrapado en las arenas movedizas de la pereza, lee con cuidado y reflexiona sobre el siguiente aforismo: “[…] mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo”. Quién persevera llega. Y aunque el resultado radique en lograr la meta como su centro de gravedad, el perseverante sabe disfrutar todo el proceso que conduce al logro final.

Quien es constante en el esfuerzo se descubre a sí mismo tranquilo, sereno, contento. La vida misma nos muestra que dedicamos mucho más tiempo al proceso y recorrido que lleva a la consecución del logro. El resultado es la parte final del camino. Quien persevera disfruta no solo el proceso, también el éxito.

Dice el dicho: “La pereza es la madre de la vida padre”. En contraposición a tal afirmación recordemos la famosa sentencia: “La pereza es la madre de todos los vicios”. ¿Por cuál de los dos refranes apostamos? Sin duda, evitar el segundo.

El siguiente aforismo puede aportar luz a la disyuntiva: “Cuando lee, el perezoso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y […] finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.”

Cuando el perezoso lee comienza a bostezar, luego brota el sueño –esto es así porque no hay hábito de perseverancia- y enseguida se desparrama sobre el confortable reposet o a lo largo de la cama, porque depende en cual lugar descubra mayor comodidad para leer mejor.

Se frota los ojos pues descubre que su habitación carece de la iluminación necesaria. Mejor se fija en la pared, pero en la de enfrente para no torcer el cuello… intenta reanudar la lectura no sin antes contar las páginas que le faltan –en vez de animarse por las hojas que ya leyó- y, finalmente, es engullido todo él por las arenas de la pereza.

No es de extrañar que cuando despierte, muestre un genio de los mil demonios y las preocupaciones inicien una danza infernal en todo el complejo neuroquímico de las dendritas y sinapsis cerebrales.

En realidad, quién no vence la pereza haría mejor en olvidarse por completo de su loable visión emprendedora. O, por el contrario, decidirse a lograr metas cada día, grandes o pequeñas, pero constantes. Anclado en las arenas de la pereza, la visión emprendedora es meritoria, pero individualmente incompatible.

La conciencia de la brevedad de la vida, la autodisciplina, y el brío para actuar con notable constancia remedian la molicie y la comodidad que impone este espíritu malvado.
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Rubén Elizondo Sánchez

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