6 puntos para viajar “sola” con 3 niños pequeños

La monotonía en la vida familiar a veces se rompe inesperadamente. De pronto, una oportunidad irrumpe y exige que la tomes o la dejes, sin consultarlo con el cerebro izquierdo, racional y financiero.

Créanme que para alguien perfeccionista y controlador no resulta sencillo aventarse de un día para otro a viajar “sola” con 3 niños, en una aerolínea de bajo costo, con sus correspondientes altas restricciones, para alcanzar al marido que estaría trabajando de tiempo extra-completo. Cuestión que implicaría cuidar a los 3 chiquillos “sola” en el sol, arena, mar y albercas por 3 días consecutivos, para luego poder disfrutar otros 3 días en familia con la responsabilidad compartida.

No sé qué tuerca se me zafó o si tuve una regresión hacia la inconsciente adolescencia, pero amanecí y se me cruzó por la mente la posibilidad de hacerlo. Así que empecé a checar la viabilidad de la locura y pasado el mediodía le llamé a mi marido para comunicarle mis negras intenciones. No sé si fue el trabajo excesivo o qué, pero respondió que sí sin rechistar, y pues compré los boletos de dizque “ofertón” para ir a la playa que está justo en el estado donde no paran las réplicas de los sismos… ¡Sí, lo sabía antes de pagar!, pero creo que sufrí un desajuste hormonal que me nubló la razón ese día.

Total que la aventura inició consiguiendo que alguien me llevara el día siguiente temprano del pueblo a la ciudad para tomar el avión. La complejidad del asunto estribaba en que el susodicho no me botara en la entrada del aeropuerto, sino que me acompañara a documentar y que se fuera hasta que me metiera al área de las salas de embarque.

Cuando resolví ese asunto y regresé de recoger niños de las actividades extraescolares, procedí a mantener una Junta de Consejo con los “pequeños socios” que llevaban la mitad de su vida preguntando: “¿cuándo vamos a la playa?…” Por fin, el “un día de estos” había llegado… Obviamente, no cabían de la emoción y tuve que poner orden rápidamente para que no sacaran todas sus pertenencias en menos de 2 segundos.

Retomado un poco el control de la situación, les informé sobre los pasos que tendríamos que realizar desde ese momento hasta que volviéramos a casa. Asimismo, les expliqué claramente los riesgos y las medidas de seguridad a tomar en cuenta; pero sobre todo, explícitamente les solicité su cooperación y obediencia máxima, incluso con ejemplos prácticos. Hice hincapié especialmente sobre el viaje de ida y los días en los cuales estaríamos “solos”, viendo a su papá sólo para dormir…

Sellado el compromiso, había que conseguir que, entre la euforia y el cansancio del día, cenaran en un minuto y desaparecieran del mapa para poder enfrentar el siguiente reto: hacer una, ¡una maleta de 158 cms lineales que no pesara más de 15 kilogramos! En ésta tenía que caber todo lo indispensable y necesario para su servidora y los 3 angelitos de 7, 5 y 3 años, más los trajes de baño del galán y sus chanclas…

¿Por qué? Porque aunque podíamos llevar cada quien dos maletas de mano, como podrán comprender “no soy un pulpo” capaz de llevar mi bolsa, 3 chamacos y 8 maletas de mano. Por otra parte, aunque se pueden comprar “upgrades” para documentar más maletas, cada kilo extra te acerca a viajar a precio de “business class” pero en un “pollero” con alas. Por lo que decidí que sólo mi boleto incluiría una maleta para documentar, y pues heme ahí haciendo milagros.

Al día siguiente había que salir con tiempo porque la hermosa Ciudad de México es una caja de sorpresas. Así que me levanté temprano para arreglarme y poder poner las sillitas de los niños en el coche junto con la maleta y demás triques, tener el desayuno listo y recoger un poco el caos generado por el abrupto arranque de espontaneidad…

Sólo que hubo un pequeño contratiempo que se aunó a las pesadillas que había tenido durante las pocas horas en las que pegué los ojos… Sufrí un ataque de histeria porque se me ocurrió checar el clima del destino y que me aparece en los primeros resultados de la búsqueda el siguiente título: “Alerta de tsunami”. ¿¿¿¡¡¡!!!???…

Miren que suelo tener amansada a la fiera que llevo dentro y sé esconder bastante bien los nervios, pero ese día entré en pánico. Por lo que llamé a mi marido para informarle que no me iba y que no me importaba que se perdiera el dinero. Sin embargo, entre él y una amiga me dieron terapia y decidí seguir con el súper plan improvisado hacía menos de 24 horas, poniéndonos en manos de Dios.

Afortunadamente llegamos bien al aeropuerto; pero eso sí, al poner un pie debajo del coche me convertí en mamá gorila con mi baby chango a la espalda, gracias a la mochila porta-bebé que le pedí a una amiga ese mismo día al salir de casa y me hizo el gran favor de prestarme.

Ahí iba yo con los chicos, uno en cada mano y el otro en la espalda, mientras mi bolsa colgaba del cuello cual cencerro de vaca… Sí, ¡sé lo que estás pensando!… Cero glamour… Efectivamente no era un momento Pinterest.

Pudimos documentar sin filas ni espera alguna. Nos despedimos del ángel de la guarda que nos llevó y entramos al área de las salas de embarque.

Tuvimos que realizar una parada técnica de urgencia en el baño, donde me metí con todos mis chilpayates al designado para personas con alguna discapacidad.

Alguno pensará que qué inconciente, pero ¡no! No es abuso ni inconciencia. De hecho, los baños públicos son uno de los muchos lugares que no consideran lo incapacitada que está una mamá (o un papá), sin rayos x ni súper poderes, para vigilar a través de las puertas a sus hijos mientras ella/él va al baño o cuando tiene que cuidar a más de uno.

En realidad, estoy convencida de que junto al logo de la silla de ruedas deberían de estar dibujaditos una mamá y un papá con escuinclitos. Eso sí, quiero reconocer que la señora de intendencia que estaba limpiando fue súper amable, me echó una mano y hasta les dio sus consejitos a las niñas de que no me soltaran, etc., cuestión que agradecí porque reforzó lo que yo les había dicho el día anterior.

En fin, al no estar asignada aún la sala de embarque, caminamos sin rumbo fijo para localizar un restaurante en donde pudiéramos comer y esperar, que estuviera limpio, sin mucha gente y que pareciera seguro. Encontramos uno que superó mis expectativas, no tanto por la comida, sino por el excelente servicio para facilitarle la vida a las familias y para atender pacientemente a los niños, aun sin ser éste su giro.

Obviamente tuvimos que volver a visitar el baño antes de dirigirnos a la sala de embarque que estaba exactamente en la punta opuesta de donde estábamos. Así que trepa por milésima vez a baby changuito en la espalda y a caminar a velocidad olímpica para que no nos fueran a cerrar la puerta de embarque en las narices.

Finalmente, llegamos a la recta final de la primera meta y nos subimos sanos y salvos al avión. La verdad, aquí entre nos, hasta parecía que nunca saco a pasear a mis hijos… Entraron a conocer la cabina, se tomaron foto con el piloto, preguntaron hasta lo inimaginable, sacando a relucir mi ignorancia y dejando en evidencia que los adultos perdemos curiosidad y dejamos de hacer extraordinario lo ordinario…

Aterrizamos y a bajar la escalerita enclenque con el baby chango a la espalda y los otros dos enfrente para recoger en las bandas a mi cuarta hija: ¡la famosa maleta de 15 kgs! Nos subimos al taxi y al ver el hotel por fin respiré diferente, pude verme cruzando triunfante la primera meta cual atleta de alto rendimiento… Y entonces, a cambiarse y directo a la playa sin descanso alguno… Vamos por” la segunda meta: disfrutar sin mayores percances 3 días de vacaciones “sola”

¿Masoquismo? Pues no, aunque no lo crean, me fue muy bien esos 3 días “sola” con ellos. De hecho, no es por presumir, pero ahí sí que podría haber sacado varias fotos dignas de Pinterest, lástima que mi celular permaneció aprisionado en la caja fuerte el 90% del tiempo al declararme incapaz de cuidarlo.

En fin, gracias a Dios todo fluyó y salió mejor de lo que imaginé. Si me preguntan cuál creo que es la clave del éxito les diría que es:

Conocerte y reconocer tus límites,
ser realista y tomar en cuenta las edades de tus hijos y tus circunstancias
para pedir y aceptar toda la ayuda que sea necesaria
y tomar las medidas de seguridad adecuadas.
Sin embargo, tomada la decisión,
es fundamental no creerte la mentira de que estás viajando sola,
estás viajando con tus hijos
y por lo tanto,
los tienes que incluir para que se responsabilicen y colaboren.

¿Cómo?

1. Explicándoles lo que va a ir pasando y las situaciones que probablemente sucedan.

2. Compartiéndoles tus miedos y necesidades.

3. Pidiéndoles colaboración y responsabilidad según sus posibilidades.

4. Siendo firme en el fondo y suave en la forma, para que siempre sepan qué sí y qué no.

5. Confiando en ellos y creyendo que son capaces de mucho más de lo que imaginas.

6. Agradeciéndoles sus buenas intenciones y las pequeñas acciones que realizan para colaborar.

En realidad, ellos saben que no tienes ojos en las pompas y que no eres la Mujer Maravilla, aunque a veces tú intentes demostrar lo contrario. Has memoria de cuántas veces te ha pasado que por fingir que puedes con todo acabas ahogándote en un vaso de agua.

Por lo tanto, si por alguna razón vas a viajar “sola” con tus niños, reconoce tus limitaciones y que no vas sola, vas con ellos, así que ¡inclúyelos! No los minusvalores ni los hagas sentir un estorbo y una carga. Los adultos necesitamos romper paradigmas pesimistas, materialistas, utilitaristas y conductistas que tenemos respecto a los niños. Urge modificar la visión que tenemos de nuestros niños. Ellos no son malos, chantajistas ni manipuladores. Ellos son buenos y les encanta sentirse útiles y “grandes”. Necesitan que los mires como personas buenas e inocentes que son, dispuestos a todo por ti que eres su ídolo. Realmente su actuar depende mucho de cómo los mires, los consideres y los trates.

No obstante, es normal que sientas miedo de viajar “sola” con ellos, la verdad es que es toda una aventura extrema. Evidentemente lo ideal es ir acompañada, pero a veces parece que la vida desconoce “lo ideal”, se aleja tanto de éste, que sólo queda enfrentar la realidad con prudencia y valentía como viene y con lo que viene.

Eso sí, en todo momento mira al cielo y encomiéndate. Te aseguro que si lo haces podrás ver y sentir Su mano bondadosa que no sólo no te deja ni un instante, sino que te carga en sus brazos amorosos a ti y a tu tropa sin soltarlos ni un segundo…

Por ejemplo, entre muchas otras que sucedieron, permitiendo que nos encontráramos inesperadamente en el mismo hotel a unos amigos con quienes pudimos compartir y disfrutar al menos la tarde del día que llegamos y el medio día siguiente, haciendo que se disminuyera un 50% el tiempo que hubiera estado cuidando «sola» a los niños… Increíble, pero cierto…

En fin, gracias a todos a aquellos que hicieron posible que esta aventura tuviera un final feliz…

PD. Para no hacer el cuento más largo y porque merece un reconocimiento especial, no incluí un hecho clave que permitió que tomáramos el avión el día planeado, a la hora planeada… Resulta que mientras íbamos en la carretera a punto de llegar al aeropuerto, casi muero de un infarto cuando mi mamá me informó que mis boletos de avión eran para el día siguiente… ¿Cómo? ¡No podía ser! ¡Si justo por eso me iba con esa aerolínea, porque era la única que tenía lugar para volar ese día!… Esperando que fuera un problema severo de miopía de mi madre, saqué los boletos para leer con atención la fecha de salida, pero efectivamente ¡el vendedor se había equivocado y no me había percatado!… En realidad, tras comprarlos sólo verifiqué que llegaran los archivos a mi cuenta de correo, y en la madrugada al terminar de hacer la maleta sólo los imprimí para no pagar lo que te cobran si no los llevas impresos. Obviamente, como se podrán imaginar, entré en shock e inevitablemente pensé que era «una señal» de que no debíamos ir si no queríamos morir… No obstante, llamé inmediatamente a la aerolínea para explicar lo sucedido y sé que es inconcebible pero ¡me hicieron el cambio sin costo alguno y sin rechistar!… ¡Les digo que Él nunca me deja, siempre me echa una mano! En fin, esto contradecía «la señal» anterior; parecía que se volvía a poner todo en orden… Por tanto, ¿sería una señal de que sí debíamos ir?… ¡Qué nervios!… ¡Qué paranoia!… ¡Qué esquizofrenia!… Menos mal que el stress no me dejó pensar más y que con todo el rollo, casi al colgar, ya habíamos llegado al aeropuerto. Así que tan sólo quedaba seguir con «el plan»… Ahora bien, debo de reconocer que fue uno de esos momentos de la vida en los que valoré muuuucho a mi mamá. Es increíble que le importe tanto como para leer bien y con detenimiento el boleto que le había mandado hacía unas horas adjunto en un mail, sólo para que supiera fechas y datos necesarios por si moríamos en la aventura y tenían que rescatarnos… Definitivamente es una bendición tener todavía a mi mamá cuidándonos incansablemente…. #GraciasMamá

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