“¿Quién es Omar?”

Tenía 14 años cuando mi mamá me dijo que iría a un grupo juvenil católico. Le dije que no quería ir. Me contestó que ya me había anotado en una lista en la parroquia y que tenía que ir al menos a una sesión. Acepté a regañadientes bajo la condición de que, si no me gustaba, no habría una segunda vez.

Días antes de esa primera sesión sonó el teléfono de mi casa y un desconocido preguntó por mi. “¡Hola, Angélica! Me llamo Omar y te llamo para saber si podrás asistir a la reunión del grupo”. Le dije que sí y me dijo que me esperaban con gusto.

Llegué dudosa al salón parroquial, donde había ya muchos jóvenes reunidos. “¿Quién es Omar?”, pregunté a los que vi en la entrada. Se asomaron hacia adentro y lo llamaron. Salió un muchacho gordito y, burlándose, otro de los jóvenes dijo: “ése tanquecito es Omar”. Todos se rieron, me invitaron a pasar y pasé dos horas que me atraparon por completo. Fue la primera sesión de seis años que duré en ese fantástico grupo.

Hay personas en la vida que nos acercan a Dios, que son instrumentos para volvernos mejores personas, que son buenos amigos y que saben sacarnos una sonrisa. Había muchas personas así en el grupo, pero Omar era sin duda el que más nos hacía reír con sus ocurrencias.

Después de seis maravillosos años, abandoné el grupo juvenil para dedicarme a trabajar en una asociación civil, aunque sin duda tengo mucho que agradecer de aquellos años. Viví muy buenos momentos, conocí personas extraordinarias y me dieron muy buenos ejemplos y amistades. Aquel día de mi primera junta no imaginaba todo lo bueno que me esperaba por vivir. Yo me encontraba en tercero de secundaria, en un ambiente escolar que me desagradaba por su superficialidad. El grupo juvenil vino a ser una respuesta donde encontré gente muy valiosa. Sin embargo, con el tiempo me alejé y dejé de verlos. Omar trabajaba en un bar local, y de vez en cuando lo veía y me saludaba con mucho entusiasmo.

La semana pasada recibí una noticia que nos partió el alma a todos los que alguna vez coincidimos con él. Omar falleció tras una serie de problemas cardíacos que durante varios años le causaron mucho dolor y tratamientos médicos, a pesar de su corta edad. Llegué a la funeraria y me encontré en una situación dolorosa y hasta bizarra. Volví a ver a algunos de mis amigos de aquellos años en un contexto que jamás pensé que los vería. A pesar de ello, nos unieron nuevamente las anécdotas junto a Omar y reímos al recordar su alegría, sus chistes, su huella en todas las vidas que tocó.

Cada vez que daba una charla en un retiro del grupo juvenil, comenzaba haciendo el mismo chiste: “Para que se aprendan mi nombre, piensen en una O y en el mar, por lo grande”, haciendo referencia a su complexión. Todos reíamos, y hoy lo recordamos como un buen amigo que nos acercó a Dios.

Cruzarse en el camino con personas como él es una bendición que puede cambiarnos la vida; nos toca ahora a cada uno de nosotros ser motivo de bendición para aquellos que nos conocen.

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